Un mundo de palabras cuando la noche calla

Cae la noche y con ella un manto oscuro que cubre las estrellas, disipa el sol para convertirlo en una luna nueva, de esas que brillan a través de las rejas de las ventanas, brindando sosiego al sueño de quienes aún no duermen.

Aquí estoy, detrás de la computadora, nuevamente con mi confidente, escribiéndole todo aquello que pueda cruzar por mi mente; dejando llevar los dedos por un mar de letras impresas en teclas que transmiten mis pensamientos a esa hoja en blanco que veo frente la pantalla, a ver si consigo que el manto estelar se pose sobre mis ojos, cansados de ver cosas que no siempre alegran, entristecen.

Hay silencio, escucho pocas cosas como la respiración del perro… vaya, fiel amigo, constante, incondicional, preocupado por si sonrío o estoy triste, sencillamente está allí y a veces ni lo noto porque pienso que es normal pero no… aquí es cuando me doy cuenta que debo agradecer a quien puso este chicuelo en mi camino, porque era lo que yo quería, lo que necesitaba, una mascota que me entendiera y estuviese allí. No siempre vemos lo que tenemos a nuestro alrededor, pero más vale tarde que nunca ya que, de sólo pensar que no esté más conmigo me moriría de la tristeza más profunda que ser alguno pueda experimentar.

La noche es mi cómplice para escribir, para dejar que las cosas fluyan como debe ser, aclara los sentimientos, ordena los pensamientos; la noche es esa parte del día donde concluyes tu vida, te retiras a ver cómo te fue, qué hiciste, qué dejaste de hacer; es el momento perfecto para pensar, divagar, surcar un océano de ideas para grabar en un cielo aquéllas que puedas realizar, sentir, palpar.

La noche es la quietud de las palabras, inmersa en estos escritos que a diario hago, que no tienen lectores porque en su mayoría son para mí, para saciar esta sed de expresarme, de decir con palabras lo que en ocasiones mi voz calla, de conectarme a otro mundo, ese rincón especial donde ni el tiempo ni el espacio existen… sólo existo yo, existen otros como yo que andan por ahí dispersos, distraídos, buscando una musa que siempre han llevado consigo sólo que en ciertas ocasiones podemos hacer que dance para nosotros así como para los otros habitantes de este planeta celestial.

Mi estrella… la que se ve únicamente en la noche, está allí y es parte de una vía láctea que recuerda pequeños luceros que se amontonan cuando la oscuridad arropa con su denso manto mis sueños.

Profunda como el mar, refrescante como una brisa pasajera, la noche llega a su justo tiempo, brindando sosiego a las almas de quienes sufren por sus errores, de quienes piensan que no habrá un mañana que les proporcione un nuevo comienzo y aún no se han dado cuenta que justamente es eso, la noche es el final que abre paso a un nuevo comienzo, a un borrón y cuenta nueva, a ver lo que depara la vida de nuevo… eso que sólo ella te regala porque te lo ganas.

Una noche más en el calendario, un día que cierra nuevamente sus puertas a la espera de abrirlas nuevamente, contando las horas, los minutos, los segundos para recibir ese regalo que te has ganado.

Una noche de calor para quitar el frío del corazón de aquellas personas que dudan, que se cuestionan si está bien o no lo que hacen, que tienen miedo a dejarse llevar, que no están seguras si pueden o no perdonar.

Una noche de frío, no helado pero si que refresque, para apaciguar las rabietas que alguien sufrió por culpa nuestra, para dejar que la brisa se lleve eso que quema y las cenizas que no vuelvan, para refrescar los pensamientos que sobre calienta la cabeza, que nos impiden conciliar el sueño, dejarnos ser quienes queremos ser; para recordarnos que luego de un intenso calor, la suavidad del aire nos puede acariciar sutilmente y hacernos sentir tranquilos, porque es una caricia que recibimos de alguien en algún lugar de este inmenso universo paralelo donde escribimos.

Mi noche hoy es la fría, la que me refresca las emociones, me libera de pensamientos tontos dando cabida a aquéllos que son de alguna manera reales, llenos de momentos, imágenes, recuerdos, aromas, chistes, sonrisas, brillo, ilusiones. Justamente eso, momentos que vuelven para recordar quiénes somos, por qué seguimos aquí y lo distinto, opaco y lúgubre si no estuviésemos juntos, al pie del cañón, prestos a enfrentarnos a todo por el todo, inclusive a los momentos malos que podamos tener entre nosotros y es de esos que más nos aferramos porque permiten conocernos, saber nuestros defectos, las virtudes, debilidades, fortalezas.

Nos convertimos en un libro abierto, presto para que todos y nadie lo lea… es un libro mágico al que no todos tienen cabida, pues la llave para entrar en ella es un trébol muy particular, de tres hojas que en algunas ocasiones pareciera ser frágil, pero en definitiva no se deja caer por la ventisca, aguanta ahí como un roble; florece ante el invierno como algo único que recuerda que no hay adversidad que pueda destruirlo, porque cada hoja de este trébol quiere mantenerse allí, en pie, aferrada a la otra, feliz de hacerlo ya que se complementan y deja que a través de ellas pase la savia que da vida a sus sonrisas, ilusión a su mirada, color a su alma.

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